Memorias de Albert Speer, ministro de armamentos y arquitecto de Adolf Hitler

(Refiriéndose al juicio de Nürnberg y al régimen nazi)

En cierto modo, mis esperanzas se habían cumplido; gran parte de la culpa se había concentrado en nosotros, los acusados. Pero en aquella triste época, además de la depravación humana, entró por primera vez en la historia un factor que distinguía a aquel régimen despótico de todos los que le habían precedido, un factor que en el futuro debía adquirir aún mayor importancia. En mi calidad de máximo representante de una tecnocracia que irreflexivamente había utilizado en contra de la humanidad todos los medios a su alcance, yo trataba no sólo de admitir aquellos hechos, sino también de explicármelos a mí mismo “la de Hitler fue la primera dictadura de un Estado industrial en los tiempos de la técnica moderna, una dictadura que para ejercer el dominio sobre el propio pueblo, había sabido servirse a la perfección de todos los medios técnicos… Mediante los productos de la técnica, como la radio o el altavoz, ochenta millones de personas podían escuchar la voluntad expresada por la voz de un hombre. El teléfono, el telégrafo y la radio permitían que las órdenes dictadas por la suprema jerarquía pasaran inmediatamente a los órganos más inferiores, en donde, por proceder de tan alta autoridad, eran obedecidas ciegamente. De este modo, muchas oficinas y unidades militares recibían directamente pavorosas órdenes. Permitían tender una densa y tupida red de vigilancia sobre la población y mantener en secreto los actos criminales. A los de fuera, este aparato del estado tal vez se les antoje tan deslavazado como esas centralitas telefónicas que en apariencia no son más que una maraña de cables, pero, igual que estas, podía ser manejado y gobernado por una voluntad. Las dictaduras de otros tiempos precisaban de hombres de grandes cualidades, incluso en los puestos de mando inferiores, hombres que supieran pensar y actuar por su propia cuenta. El sistema autoritario de la época de la técnica puede prescindir de ellos; sólo ya los medios de telecomunicaciones permiten mecanizar el trabajo del mando inferior. En consecuencia, surge el tipo de ejecutor de órdenes, carente de espíritu crítico”…

“Esta catástrofe (escribía en 1947 en mi celda) ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad del sistema de la civilización moderna, edificado a través de los siglos. Ahora sabemos que no vivimos en un edificio a prueba de terremotos. El complicado aparato del mundo moderno puede, mediante impulsos negativos que se estimulan mutuamente, descomponerse irremisiblemente. No habría voluntad capaz de detener el proceso, si el automatismo del progreso recorriera una etapa en su marcha hacia la despersonalización del hombre, sustrayéndose a la obligación de responder de sus actos”

Durante los años cruciales de mi vida, deslumbrado por las posibilidades de la técnica, me puse a su servicio. Respecto a ella, no me queda al final sino escepticismo.

                                                                             Albert Speer

                                                         Ex-Ministro del Reich (1954)

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